martes, 26 de mayo de 2009

Prohibido prohibir, impugnar y proscribir

“Proscripto” es como decir expulsado, desterrado, excluido. “Impugnado” es como decir rechazado, objetado, repelido. Ambos verbos recalientan el lenguaje político. Y parecen difamar a la democracia. En la televisión también se usan “nominado” y sentenciado”. Es la “tendenciosa” tendencia al juzgamiento. Pensar que en el Mayo francés se gritaba “prohibido prohibir”. Pero en el mayo actual argentino se pretende impugnar. Si pudieran, algunos impugnarían al gobierno elegido. Proscribirían el Estado popular. Pero nunca prohibieron la proscripción del peronismo. Durante 18 años- entre el golpe de 1955 y 1973, cuando Cámpora se consagró presidente- fue un partido proscripto y los nombres de Perón y Evita censurados y prohibidos públicamente. A pesar de ello, todos los otros partidos consentían esa injusticia, participando de la forzada formalidad democrática. Y aunque el peronismo estaba prohibido no se privaban de hacer como si no lo estuviera. De esa exclusión usufructuó el radicalismo. Así ganó las elecciones a presidente en 1963 Arturo Illia, frente a un alud de votos en blanco que eran los votos prohibidos. Al fin el peronismo vuelve a participar, y en 1973 gana las elecciones presidenciales con casi seis millones de votos. El radicalismo de Balbín solo alcanzó dos millones y medio.
La presión de la olla tapada con agua hirviendo produjo el fenómeno. Fue como una ley de la física: lo que se tapa a presión acaba explotando y haciendo saltar la tapa. Lo que hay este 25 de mayo de 2009 es esta obra política, imperfecta pero real, que no es la que refleja el espejo irreal de Gran Cuñado. Aunque se trate de hacer creer que son los mismo. Querer impugnar hoy las candidaturas testimoniales oficialistas tiene un aire a rémora. Aunque se la quiera disimular en un forzado recurso constitucional o jurídico. Es cierto que hay jugadas dudosas. Y que con rigor académico se podrían cobrar como penales. Pero hay penales que no se pueden cobrar porque licuarían y desligitimarían el juego apasionante. Además no hubo penal mayor- y el referí no lo impugnó- que aquella ignominia “cacerolera y tractora” que fantaseó la revolución al revés. Como una involución anacrónica: la de reducir la vida argentina al poroto de soja. Por suerte la democracia- hasta la más modesta- no se permite a si misma limitaciones extraídas de ningún retorcimiento legal o extorsión ética. Limitar, impugnar, sentenciar va contra su propio “ADN” y contra su propia libertad. El afán impugnador es un complejo de inferioridad nostálgico. ¿ Por qué se piden penales si no los hay? Si son solo jugadas fuertes contempladas en la naturaleza política. Salvo los genocidas, el juego de votar admite toda clase de jugadores.
Para prohibir están las dictaduras.







Carta abierta leída en Radio del Plata- Orlando Barone.

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