viernes, 15 de mayo de 2009

Psicología y rating de la risa argentina

Se dice y se sabe que la risa es sana. La historia del humor argentino sobra en protagonistas y creadores extraordinarios y sublimes. Y transita el género en distintas variantes y soportes ejercitado por diferentes estilos. Hay chistes fáciles y chistes difíciles. De salón y de prostíbulo; de reunión familiar y de borrachería. El peor chiste es aquel en el que es uno el objeto del chiste. El mejor suele ser aquel en el que el destinatario es alguien que nos es antipático o que es nuestro enemigo. Nos gusta reírnos de los políticos famosos. El rating de la televisión lo demuestra. El gusto de ver a esos políticos representados desde la caricatura y luciendo ridículos no deja de ser contradictorio. Ya que esos políticos son los que la sociedad o los ciudadanos eligen.A los argentinos nos gusta reírnos a costa del político: sobre todo del que no votamos. En cualquier clase estudiantil o en cualquier oficina lo que más hace reír es que alguien imite y deje con el trasero al aire al profesor o al gerente. El que manda. Es el desquite psicológico hacia aquel que nos ordena y al que culpamos por ignorar nuestros méritos.Hacer humor con el poderoso es más virtuoso que hacerse el gracioso tomando como motivo a una persona débil o vulnerable. De este tipo de sobradas hemos visto muchas: se hace mofa de una persona mayor a la que un pícaro tonto le hace pisar el palito. Y nos reímos en casa porque el burlado no es nuestro abuelito. El humor en la democracia, en escala pública y como espectáculo, es tan poderoso como el poderoso al que se caricaturiza.Y a veces el poderoso queda tan humillado que uno siente piedad por él como nos pasó no hace mucho con un ex presidente desorientado por un telón de fondo. Lo que sí se nota es que casi nunca el humorismo se concentra en las personas o protagonistas del poder financiero ni económico. Salvo si ejercen como políticos. Se caricaturiza y hacen chistes hasta con dioses- desde Jesús a Mahoma- pero no se hacen caricaturas ominosas ni ofensivas de los famosos multimillonarios que están en la lista de Forbes. La caricatura es más cruel cuando el caricaturizado sirve como estereotipo de la burla burguesa. Chávez resulta más apetecible como hasmerreir que Uribe; Fidel Castro, que Obama. Por eso los chistes sobre el poderoso Berlusconi se basan en sus picardías y machismo. Cuando lo que cuenta es su xenofobia: que propone deportar a los inmigrantes y que no quiere una Italia multiétnica llena de gitanos. Es sano reírse con el humor que observa y critica. Pero hay que estar atento a las intenciones del guión. En el caso de show match el guionista es Nik de notoria oposición al gobierno y a los gobiernos populares. Es un destacado humorista de derecha. La elección de él a lo mejor tiene ese sentido. Todavía no se sabe. Habrá que prestar atención a las caricaturas políticas: cuáles son ridiculizadas fisonómicamente, cuáles gestualmente y cuáles ideológicamente. No hay prueba que determine si un ridiculizado pierde votos o si uno intencionadamente favorecido los gana. El humor tiene sus riesgos: a veces nos reímos tontamente de quienes en realidad se ríen de nosotros.

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