Esto de que Orlando Barone cumpla setenta años me parece una más de sus ingeniosidades, uno de esos remates inesperados con los que cierra sus columnas de Puerto Libre. Después de todo, la edad solo tiene importancia para aquellos que la padecen. Orlando, en cambio, respira sabiduría y la exhala bajo la forma de una intrépida vitalidad. Tiene el atrevimiento de un treintañero, la pasión de un cuarentón y la sagacidad de un cincuentenario que ha hecho de vivir, un arte personal. Nació un día de 1937, porque así él lo asegura, en una casa de la Boca, a media cuadra del Riachuelo. Suele contar que de chico, su abuelo calabrés lo cargaba sobre los hombros, lo llevaba hasta la orilla del Riachuelo y le decía: “Mirá, esto es lo más cercano a Italia". Con el tiempo, Orlando llegaría a Italia y a muchos otros lugares, pero la imagen perdura seguramente en su memoria como le sucedió al coronel Aureliano Buendía, aquella tarde distante en que su padre lo llevó a descubrir el hielo. Podía haberse quedado atrapado en el triángulo que forman la Bombonera, el adoquín rebelde de la calle Necochea y el humo del choripán, pero en cambio se propuso romper con su destino y hacerse escritor. Que lo ha logrado, lo prueban los premios que ha merecido – en 1972 el del Fondo Nacional de las Artes; en 1987 el de La Nación y en 1991,
cuando su novela “La locomotora de fuego” resultó finalista del Premio Plaza y Janés, en España.
Pero por sobretodo, son sus columnas y cartas abiertas que elabora con la precisión de un relojero y la seductora elocuencia de un polemista, las que mejor testimonian su originalidad.
Yo que he sido alternativamente su jefe, su subordinado y su colega, pero que soy, fundamentalmente, su amigo, podría estar vacunado contra su inteligencia. Y sin embargo, no puedo leer uno de sus textos o escuchar sus fantásticas disquisiciones sin admirarme de la rara
capacidad que tiene de transformar cualquier historia banal en un descubrimiento. A los setenta, si es que de verdad los tiene, conserva la capacidad de asombro de un explorador o un astronauta. No hay muchos periodistas como Orlando. Me atrevería a decir que no hay ninguno. En mis clases de la universidad suelo leer una nota que escribió García Márquez sobre el destino de las cartas que no llegan a destino y otra que escribió Orlando sobre el mismo tema y la gente
invariablemente prefiere la de Orlando. En su trabajosa inmigración de la Boca al Centro, cambió el vino de mesa por el champán y la pizza de Banchero por las ostras. En el proceso contó con la invaluable educación que le proveyó Beatriz, su mujer, que de refinamiento entiende. Pero en lugar de volverse un esnob, Orlando se convirtió en un prodigioso observador de la presunción argentina, de sus falsos mitos y leyendas, de sus héroes de barro y sus tiernos perdedores.
Su látigo incesante ha conocido las más diversas contradicciones. Por un tiempo se dedica a castigar a los pitucos con aspiración aristocrática y al rato da un golpe de timón y el objeto de su furia es la clase media de ambición pituca. Un buen día se ensaña con los reyes y al siguiente
dispara contra los vasallos. Pero eso es, precisamente, lo que hace creíble: porque con la misma convicción le da al monumento como al pedestal. Su travesura más perfecta — de las muchas que ha sido autor — fue aquella vez en la que inventó un poeta. Trabajaba en el suplemento cultural de Clarín y después de tratar vanamente de que el director le publicara unos poemas que había escrito, decidió darle una lección inolvidable. Una tarde le comunicó, casi como una confidencia, que ese célebre poeta que vivía como un ermitaño en el Delta, había aceptado darle una entrevista y algunos de sus poemas inéditos para su publicación. El poeta, obviamente no existía. Pero el director, tan inseguro como arrogante, no estaba dispuesto a admitir su ignorancia. Así que lo felicitó por su hazaña y le dijo que adelante, que si el poeta le daba la entrevista y los poemas, los publicaría a doble página en la central. Orlando se fue al archivo del diario, eligió una foto ignota de un hombre metido entre pastizales, fraguó la entrevista y publicó muy campante sus poemas, aquellos que el director se había negado a leer, atribuyéndoselos a su poeta inventado. Nadie, si no unos pocos amigos, supo nunca de su diablura. Quienes lo queremos, nos sentimos agradecidos por su amistad. Porque si viviera en una sociedad acostumbrada a celebrar el talento, hoy el cumpleaños de Orlando Barone sería una fiesta nacional.
Mario Diament(Periodista y dramaturgo)
sábado, 4 de abril de 2009
viernes, 3 de abril de 2009
Versos sin fin para Alfonsín

Tuvo la suerte
muerte
de no morir
al morir.
Porque tuvo la gracia
democracia,
de ser un hombre
de grato nombre.
Si la historia
es memoria
y es gloria
él ya está en ella
como quien sella
una huella.
Ciudadano
humano
sin fin
Alfonsín.
Presidente siempre:
en ejercicio o en retiro.
Presidente por antonomasia.
Y de democracia
Sinónimo: verbigracia.
Milagrosamente
sobreviviente
entre la gente,
que por él siente
que siente
que no le miente
muerto
como no le mentía
vivo.
Entra en la historia
más encendido
y con pasaporte
de porte
argentino
como destino.
No aspira a leyenda
que venda
tatuaje
ni linaje
porque su tamaño
es más común que extraño.
Y más realista
que fantástico.
El absurdo hoy
es que sus enemigos
corporativos, unidos
privadamente,
siguen estando
en el otro bando.
Y paradójicamente
son los enemigos
de la presidenta.
Y la enfrentan.
Los que antes rugían hoy mugen.
Y quienes ayer se pintaban
la cara
hoy se atrincheran en yuyos.
Los que desgastaban a Alfonsín
y lo silbaban
están en su velorio.
Quienes lo acusaban
de torcerse hacia el pueblo
hoy lo alaban.
Quienes querían que olvidara
lo que
él quería recordar
hoy le rezan al oído
que ya no escucha.
Él no puede hacer nada
desde el cajón.
Pero aspira a que su recuerdo
no se venda al olvido.
Presidente querido
sin fin, Alfonsín.
miércoles, 1 de abril de 2009
Maradona comparado

Los gatos tienen solamente siete vidas. El tiene más.
La cantidad exacta se ignora.
Jesús resucitó una vez sola: él varias.
A quienes les cortan las piernas les hacen falta muletas o prótesis: él no usa ninguna.
Hizo tan famosa a la mano de Dios que desde entonces la mano de Dios es la de Maradona.
El invencible Aquiles fue vencido en la guerra de Troya por una única debilidad: su talón. Maradona que también tenía su maldito talón, ahora parece haberlo hecho invencible. Para no correr la suerte de Aquiles.
Al contrario de la leyenda de los ídolos que caen por tener pies de barro. él cuanto más barro tuvo en sus pies fue más ídolo.
Estando él siempre al desnudo en el centro de la escena sigue siendo un misterio. Los que quedan al desnudo y sin secretos, son los que lo miran desnudo.
Maradona luce varios tatuajes que relatan sus sensaciones ideológicas. Pero él mismo es un tatuaje sobre la sociedad argentina. Un tatuaje indeleble aunque él se borrase.
Dios tuvo sus apòstoles y su Judas. Tuvo sus fieles y sus infieles. Maradona también.
Con una única diferencia: el Judas de Maradona no se sienta a su mesa. Es él mismo, cuando se traiciona.
A Dios se le atribuye la creación del Universo; a Maradona la creación del universo Maradona. Apenas un poco más pequeño. Con sus bienes y sus males. Igual que Dios con su paraíso y su infierno.
La selección de fútbol argentina no es de Maradona. Sería injusto. La selección es una propiedad colectiva.
Lo que es propiedad de Maradona es la idea de que la selección que dirige Maradona le pertenece por designio de Dios.
De Dios se han creado innúmeras imágenes y rostros diferentes. Con o sin barba; de piel blanca o cetrina e incluso hasta negra. Maradona también tiene múltiples rostros. Y según las épocas o los instantes es un Maradona u otro u otro, y así hasta el infinito. Maradona no sabe cómo es el rostro de Dios; Dios a esta altura tampoco sabe cuál es el rostro de Maradona.
Einstein dijo que Dios no juega a los dados con el Universo; Maradona dijo que la pelota no se mancha.
A los tres- Dios , Einstein y Maradona- se les adjudica sabiduría.
La duda es si esta comparación hereje es injusta con Dios o con Maradona.
Carta abierta leída el 30 de Marzo en radio del plata.
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