martes, 15 de septiembre de 2009

Cristina vs. Cristina

Ante una pregunta que insinuaba que era Néstor Kirchner quien había tomado una determinación de gobierno la presidenta se vio empujada a negarlo. Y dijo: “La pregunta se plantea como si no fuera yo quien decide y fuera el presidente Kirchner”. Tocada en su autoestima necesitó reafirmar que la presidenta era ella y no su marido. El lapsus que pareció convalidar la suspicacia de la pregunta podría tener la disculpa de que un ex presidente tan cercano podría por cortesía seguir considerándose presidente. Pero a esta altura de la insidia Cristina debería haber dicho otra cosa: Néstor a secas o mi predecesor, pero no decir “presidente”. Aunque es cierto que son muchos los periodistas y políticos que por picardía o costumbre suelen referirse a Néstor Kirchner sin suprimirle el título anterior. Es sicológico, pero cuando una autoridad se ve instada a reafirmarse como tal es porque percibe y tiene noticias de que en gran parte de la opinión pública su poder aparece desvanecido o dudoso. Desde que Cristina Fernández asumió, quienes se refieren al gobierno con intención crítica instalaron con pertinacia la idea de que el gobierno era un “matrimonio”. Y de ese matrimonio había que deducir por lógica histórica y machista que el que manda es el marido. La palabra “matrimonio” es en si misma una domesticación y una forma de asociar el poder político a un bien de familia. A un proyecto entre alcoba y convivencia doméstica. Pero el lenguaje intencionado fue más hondo aún: el apellido Kirchner fue y es ligado sistemática y opositoramente al de la presidenta y usado como síntesis de que quien gobierna es Kirchner, o los Kirchner. Nunca Cristina Fernández a solas. Ese es el riesgo de la pareja. El apellido compartido la engloba de manera machista. Riesgo que asumieron al exponerse a continuarse una al otro. Para alguna parte de la sociedad esta situación sirve de alimento a otras exageraciones expresivas: calificar a los Kirchner de dinastía y de poder pingüino o patagónico. Lo que conlleva la idea de reducción geográfica y de territorio privado. En los relatos se advierte y reitera que el protagonista principal es Néstor Kirchner. Y cualquier medida u orientación que toma la presidenta es vinculada a su marido; dejando la sensación de que ella es la que cumple instrucciones y la que las escenifica pero no la que las elabora y decide. Tener que haber salido a defenderse en su liderazgo denota una sensibilidad demasiado sensible. Igual le pasa cuando reafirma la calidad del género mujer para delatar el prejuicio machista. No le hace falta a quien llegó al cargo público más alto. Acaso la presidenta debería asumir que antes que defenderse de quienes la desconocen como tal, debería darse por satisfecha por quienes la reconocen porque votaron a Cristina. A unos no los va a cambiar. Y a los otros no hace falta darles explicaciones sicológicas. Para estos es la presidenta y esperan de ella que gobierne.


Carta abierta leída por Orlando Barone el 15 de Septiembre de 2009 en Radio del Plata.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Julio Cleto Cobos y Forrest Gump

Casi siempre fui desmemoriado para recordar los nombres de los vicepresidentes. Una vez pasadas las elecciones sus nombres se iban gasificando y solo quedaban como parte formal de una fórmula reglamentaria. Por eso, que el actual vicepresidente argentino sea el más poderoso opositor al Gobierno- gobierno que paradójicamente ejerce a duo- y que sea contrario a su superior, la presidenta, es la consagración del absurdo. No el del teatro de Beckett o Ionesco sino el absurdo de una kermese al revés donde en vez de juegos de sortijas haya ardides palaciegos. ¿Por qué Cobos ocurre en la Argentina y no en otra parte, en alguna de esas geografías que suponemos extravagantes y bizarras? No lo sé. Tampoco se sabe por qué Forrest Gump, en la película, un día larga las muletas y transgrede su historia de vecino aldeano. No todo se sabe. No es fácil saber que el vicepresidente de Tabaré Vazquez en Uruguay se llama Nin Novoa; que el vicepresidente de Bachelet en Chile se llama Perez Yoma y que el vicepresidente de Lula, en Brasil se llama Alencar Gomes da Silva. Menos fácil es acordarse de que el vicepresidente de Lugo en Paraguay es Franco Gómez y que la vicepresidenta de Zapatero en España es Maria Teresa de la Vega. Y a pesar de que se trata del país más poderoso y donde las elecciones están aún frescas, no es tan fácil acordarse de que el vicepresidente de Obama en los Estados Unidos es Joe Biden. Sin embargo Julio Cleto Cobos es la excepción de un vicepresidente: a pesar de su propia ambigüedad expresiva y de su ubicación política inestable ha logrado coincidir con una buena parte de la sociedad argentina por compartir aquellas características. Cobos, contrariamente a quienes opinan sobre él duramente, es un caso ejemplar y transparente de traición y conspiración a la vista de todos. Sin secreteos, sótanos ni conciliábulos. Sino en difundidas reuniones en los despachos del poder, en salones iluminados y con público adicto, e incluso con cámaras y micrófonos y conferencias de prensa. Amparado en su papel de vicepresidente, que lo preserva del riesgo de la persecución y la ilicitud que corren los rebeldes furtivos o los revolucionarios ideológicos, él legitima la traición y la conspiración sabiéndose a salvo. Y tan seguro, que cuando se lo ve correr maratones parece Forrest Gump ( Tom Hanks) ese personaje ahistórico que se descubre libre mientras corre y corre, y recuerda que su madre decía “que la vida es una caja de bombones”. Contenido en sus claras limitaciones, un día Forrest Gump encuentra los bombones y saborea el éxito como una inesperada lotería. A nuestro vicepresidente ya se le hace dulce la boca. Sigue indemne donde cualquier otro hubiera sido consumido. Porque él desdice la tradición de la traición que da vergüenza, en la que el que la comete debe padecer el repiqueteo de su conciencia y el unánime desdén de sus contemporáneos. Al contrario, el la cometió sin complejos. Y muchos lo vivan y lo alientan por eso. Es el protagonista de una nueva ética política. Si faltara algo para justificar la popularidad de que Cobos goza tiene a los grandes medios a su favor; y los analistas , comentaristas y constitucionalistas más notorios lo han absuelto de toda sospecha de deslealtad o agachada. Tal vez le haría falta un gesto de originalidad creativa y al menos una vez- una sola- coincidiera con el gobierno. El mismo pregona que lo que hizo fue por la paz social. Por eso el Campo se ha tranquilizado. Los de la Mesa de Desenlace no joden más. Y se dedican a juntar soja y a pagar sus impuestos. Y por eso la oposición se afana por el diálogo. Los caceroleros se relamen con otra algazara de teflón y menaje para el 21 de setiembre para arruinar la primavera. Gracias a Cobos.



Carta abierta leída por Orlando Barone el 14 de Septiembre de 2009 en Radio del Plata.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El atentado inolvidable


Toda gran tragedia de la humanidad es también un gran espectáculo. Sobre todo cuando la televisión es como el ojo de Dios, pero al contrario de este que se guarda el secreto, la televisión comparte lo que ve con nosotros. Dicho esto con piadoso cinismo. Un espectáculo fue hace ocho años el atentado y derrumbe de las torres gemelas de Manhattan. Los autores de muchas de tantas históricas tragedias colosales no figuran en los libros del arte sino en el de crímenes. Pero por una cuestión de género ético más que por juicio de sus valores estéticos. Nerón que le prendió fuego a Roma aunque culpó a los cristianos; o el califa Omar, o el emperador Aureliano incendiando la Antigua biblioteca de Alejandría. O Paul Tibbets, el piloto del bombardero Enola Gay que lanzó la bomba nuclear en Hiroshima o Bin Laden , el líder de Al Qaeda que presuntamente diseñó el plan de las torres gemelas y que presuntamente existe y está presuntamente prófugo. Otros espectáculos trágicos como el Tsunami de Indonesia o el desastre de Nueva Orleáns más actuales son atribuidos a la naturaleza o a la desnaturaleza. Aunque cualquiera sospecha que la instigación no es ajena a la irresponsabilidad humana contra el ecosistema. Por esas casualidades- sean de la nigromancia o de la física- al derrumbe de las torres gemelas en el corazón de Wall Street, le siguió al tiempo, allí mismo, el derrumbe en abstracto del mercado bancario y financiero. El dinero derrumbado no se ve, no hace ruido, ni deja debajo un cementerio. Tarda un poco en hacer su trabajo. Pero ambos desastres causaron victimas concretas: las miles, entre las contadas y escamoteadas disueltas entre los escombros de los dos rascacielos, y las millones esparcidas por el mundo entre las trizas de la desocupación y la pobreza. Este último derrumbe , sin embargo, es un espectáculo tan vasto que no puede ser visualizado en una instantánea, como sí lo son una explosión o un incendio. Es un espectáculo menos escenográfico que subjetivo. Todos los seres humanos somos coprotagonistas involuntarios de él en distinto grado de victimización y en distinta situación de hundimiento o salvataje. Por más que insistan nadie se cree que fue el estafador Madoff el solitario culpable. Por eso, suponiendo que sea cierto que exista Bin Laden y que él sea el creador de aquel espectáculo “aéreo-arquitectónico”, vivamente polvoriento en las imágenes pasadas en continuo, podría ser considerado un profeta o un genio. Adelantarse de manera concreta al derrumbe de Wall Street a través de sus dos torres simbólicas le otorgan ambos dones. No sería improbable que alguna vez nos digan que este tipo fue hallado harapiento en una cueva llena de alimañas en unas montañas remotas. Y su turbante puesto a subastar en Sotheby´s por una cifra similar a la de una pintura de Van Gogh o de Picasso. Cierto o inventado Bin Laden es ya un ente o un ser inolvidable.


Carta abierta leída por Orlando Barone el 11 de Septiembre de 2009 en Radio del Plata.