martes, 10 de agosto de 2010

El riesgo país y el riesgo caníbal


El riesgo país promedia los seiscientos puntos y está paulatinamente en descenso. El significado es óptimo en relación a los capitales y a la confianza de estos en el mercado. La Argentina de hace diez años llegó a disparar su riesgo país a más de seis mil puntos. Diez veces más que ahora. Los medios difundían la noticia como con goce y los ciudadanos con patacones o con tickets canasta se sobresaltaban aterrados a medida que el riesgo subía como un afiebrado sin límite. Todavía me parece oír a través de las noticias el anuncio del aumento del riesgo; cuando más inflamada era la voz que lo anunciaba más alto subía el riesgo; medición macroeconómica impuesta por el juego del mercado que no necesariamente promueve la equitativa distribución de la riqueza. Ese es otro proceso que depende de la política. En todo el mundo se demandan inversiones: se rinde culto al capital. Y en cada lugar el capital recibe un distinto tratamiento: depende de que su soporte sea socialista, intervencionista, regulador, de libre mercado o de libre albedrío. Es en el libre albedrío donde el capital más retoza. Pero no es ahí donde más gana. Porque el capital donde más gana es en el tumulto. Por eso en su propia naturaleza lleva la idea de que eso suceda: cuanto más despelote en una sociedad más probabilidades de rapiña. En la Argentina hay memoria por eso se sospecha de esas fantasías infundadas y sin fondo, porque alguien por detrás las instiga. El capital nació para querer ganar y ante la mínima advertencia de perder huye y se guarece. Para no abundar en disquisiciones Karl Marx fue quien lo definió de esta manera: “el capital experimenta horror por la ausencia de ganancia, como la naturaleza por el vacío, dice. Pero si la ganancia es adecuada el capital se vuelve audaz; si es el 20 % el capital se vuelve impulsivo; si es el 50% por ciento se vuelve temerario; si es el cien por ciento de ganancia pisoteará todas las leyes humanas; y si la ganancia es el 300% no hay crimen por cometer que lo arredre aunque corra el riesgo de que lo ahorquen. Y como la turbulencia y la refriega producen ganancias, el capital alentará más refriega y turbulencia”. Lo escribió Marx hace un siglo y medio. Está ahí la respuesta de por qué si los sojeros ganan cada vez más quieren pisotear todas las leyes y ganar más, en lugar de quedarse satisfechos. Y si consiguen un revoltijo mejor todavía. Por eso, que el riesgo país esté en descenso en la Argentina si no es para descorchar, al menos es para tranquilizarse. Recordemos que aquí reptan y acechan capitales nostálgicos del default y del que se vayan todos. Es la ideología del desbande. Porque allí aplican su canibalismo.

Carta abierta leída por Orlando Barone el 10 de Agosto de 2010 en Radio del Plata.

lunes, 9 de agosto de 2010

El canalla, el canallita y el “canallismo”.

La palabra “canalla” – aunque desde esta semana yo la asocio a la última tapa de la revista Noticias o en general a la editorial Perfil- tiene otro origen. Deriva de “can”- perro- y si uno respeta a los perros suena injusta. Canalla, en la antigüedad era una muchedumbre de perros. Hoy es un individuo despreciable, indigno, ruin, rastrero, innoble. La palabra ha progresado: porque si antes hacían falta muchos perros para significarla, hoy no hace falta más que un hombre. O un nombre. Nótese el significado que últimamente ha adquirido el apellido del jefe del Grupo Clarín. Pensar que para la gente, durante mucho tiempo, fue un misterio. También para el periodismo. Cualquiera sabe que un canalla tanto puede ser un rey como un mendigo; sojero, marcador de salideras, maltratador de esposas, peronista o antiperonista disidente o periodista. No hay estadísticas acerca de en qué oficio o disciplina aumenta la propensión al canallismo. Pero el periodismo- o lo que de él quede de nobleza- tendrá que ver cómo “descanallizarse”. Personalmente me gusta más decir “canalla” que “hijo de puta”, ya que este último - como agravio - maltrata a la mujer como madre, y porque además la moda lo ha ido acomodando como elogio y al que se destaca en algo se le dice hijo de puta en signo de admiración. Volvamos a canalla. El sábado un amigo me cuenta que el pseudo periodista Darío Gallo de Editorial Perfil anunció en la red lo siguiente: “la nieta de Orlando Barone está en Twitter”. Pero no: mi nieta no está en twitter. ¿Por qué ese gallífero implume hizo este anuncio falso? El diminutivo de canalla es “canallita”:suena más despreciable. Roberto Arlt acuñó aquel descalificativo “turrito”.
Para qué canallear, si basta llamar a mi casa o conectarse conmigo, para enterarse que mi nieta, universitaria, es mi asistente. Probablemente el canallita se tentó con la mala información que es su mejor talento, y debió pensar que ante ese rumor sibilino miles de conspiradores cibernéticos ávidos lectores de su blog, y de los inquisidores catolicastros que creen que quien defiende el matrimonio igualitario o discute el derecho de una mujer al aborto, merece ser arrancado de publicidades infantiles, se dedicarían a insultar e injuriar a mi nieta. Cuya única responsabilidad es la de tener un abuelo al que la revista donde el gallífero se prosterna y se arrodilla, me eligiera como el “peor periodista”del año.
En el último número de la revista Noticias, la nota de tapa estampa la idea de una “farándula K” que hace negocios obviamente K. De tanta angurria con la letra van a terminar convertidos en “kaka”
En esta canallada al estilo del director Jorge Fontevecchia, caen las actrices Florencia Peña y Andrea del Boca y el actor Gastón Pauls por su transparente apoyo a la gestión del Gobierno. Ninguno de ellos- así como antes la revista canalla trató de ensuciar a las Madres y a las Abuelas- necesita de esta defensa: los defienden sus méritos y sus éxitos.
A Fontevecchia lo acredita el fantasma de Cabezas que usufructuó como marketing de un provechoso duelo; y una muchedumbre de perros. Origen de canalla. Algunos son pichichos. El canallismo periodístico no discrimina el tamaño.

Carta abierta leída por Orlando Barone el 9 de Agosto de 2010 en Radio del Plata.

jueves, 5 de agosto de 2010

La palabra comodín de la antipolítica

¿Se acuerdan de la promesa ética de la Alianza? Fue allí que se instaló la gran ilusión de combatir la corrupción, aunque recién en su parte final, al Gobierno de los noventa. Pero por paradoja la corrupción con la siguiente gestión que venía a purificarnos recrudeció en el default y la devaluación. Y produjo uno de los vaciamientos de la sociedad a favor de las corporaciones y del triste esplendor de las ferias del trueque. Otra vez hoy vuelve a aparecer ese concepto- corrupción- contra el oficialismo; y más últimamente para denunciar cómo se corrompe el Senado. Igual o parecido que aquella vez con la Banelco. Las fuentes de propagación son las mismas de siempre. Quienes las repiten, a veces son conscientes, a veces solo submensajeros útiles. En este caso no se dan cuenta que son útiles a quienes los hacen inútiles a ellos. Desde editoriales republicanas ilustres, a través del pregón de medios hegemónicos y de voces políticas con influencia se intensifica esa visión acusadora que golpea la credibilidad oficialista. El jefe del gauchaje posmoderno tampoco se privó en La Rural de acusar al gobierno de corrupto. La desverguenza casualmente es una forma de corrupción de la buena vergüenza. La Alta Iglesia opositora cada vez que consagra un sermón tiene la palabra corrupción en la punta del púlpito. Es probable que el domingo en San Cayetano corrupción sea la estrella santa. De este multiuso moral no se privan ni el rabinismo lobista, ni el de cualquier credo que se precie, ni los constitucionalistas retóricos de intención destituidora, ni tampoco esos sondeos de opinión de consultoras privadas. Estas, especialistas en sospechar de gobiernos populares cuando se enfrentan a las corporaciones y monopolios. Si no los enfrentan entonces se los hace pasar por honestísimos y la corrupción mágicamente decrece en los medios. Y vuelve a crecer cuando crece el Estado indebidamente para ellos. Siempre habrá una valijita o un retorno vil entre tantos funcionarios nacidos de un vientre humano. El compromiso ético en política es una forma de descalificarla. Es como comprometerse a la cópula razonablemente, correctamente. Nadie en su juicio puede prometer eso. Hay un axioma unilateral que sentencia que la corrupción estatal prevalece por sobre la corrupción de lo privado. Y que cuanto menos posea el Estado menos se tienta. Siempre que se dice corrupción su antónimo correlato es despojamiento o pobreza. En el clásico folletín liberal un corrupto es siempre un funcionario y nunca un empresario ni una empresa. Porque mientras el Estado no es de nadie, lo privado es de los propietarios y ahí hay libre albedrío. Los perros denunciadores están largamente entrenados en una sola dirección. Y únicamente ladran en la estación pública para poner contentos a los del andén privado. Ejercicio antipolítico, que así sale fácil. Y como es muy difícil conseguir pruebas judiciales, la corrupción se considera igual que un gas letal abstracto e invisible. Lo que hace que nadie esté obligado a hacerlo visible pero que igual le da piedra libre al “sospechador” para esparcir el gas sin la responsabilidad de tener que mostrarlo. Observemos qué desconfianza se procura agitar hoy en el Senado. Pudrirlo con el rumor y con mensajitos. Con la complicidad de algún político opositor que al no entrar en la historia quiere entrar en el escándalo que le trae escenarios. Así, con más sospechas que certezas la palabra corrupción se corrompe. Blandir el argumento moral es la cobardía de la política.

Carta abierta leída por Orlando Barone el 5 de Agosto de 2010 en Radio del Plata.