viernes, 21 de enero de 2011

ESPERPENTOS

Según mi criterio, en la Argentina, un esperpento no es un mediático ridículo y desfachatado sino un protagonista presuntamente serio que da vergüenza o risa.
A diferencia de la literatura, los esperpentos políticos no surgen de la pluma de un creador como fue del Valle Inclán, sino del descaro de quienes ya no tienen ideas. El esperpento, como estereotipo estético nacía hace más de un siglo inspirado en la forma en que unos espejos convexos y cóncavos al paso del público deformaban las figuras de quienes allí se reflejaban. Lo mismo que producía el juego de los espejos deformantes de los antiguos parques de diversiones. El efecto bufonesco y grotesco transferido al arte fue el modo metafórico de aquellos escritores de narrar la realidad española de fin del siglo diecinueve, más esperpéntica que lógica. ¿De qué otro modo podría contarse el disparatado y avieso insulto a la condición humana de ese cura obsceno de Malargüe que privilegia su dogma a que un padre viole a la hija? Esperpentos sobran. No se trata ya de la burla física que es un recurso de humoristas modestos: se trata de protagonistas serios que obligados a mentirse y mentir por carecer de argumentos se colocan frente al Gobierno como aquellos viejos españoles frente a los espejos convexos.
El ex revoltoso De Genaro publicando un texto en la Nación como un infundado aspirante a la nobleza que es invitado a visitar una vez y un ratito el palacio por el pasillo del fondo; o Mario Vargas Llosa , arriesgando a que en Estocolmo se arrepientan y le retiren el premio Nobel, diciendo que “la Argentina está cada vez más empobrecida y en retroceso” ; o Domingo Cavallo, quien sacando su cabeza por entre vahos de capciosa nostalgia y con una temeridad de mosca queriendo aletear ante la palmeta acaba de escribir en el diario El País que “Europa no debe seguir la estrategia argentina”. Perturbado porque el famoso economista liberal Paul Krugman consideró que entre las cuatro alternativas que Europa podría aplicar para salir de la crisis está la de elegir la “La estrategia argentina completa”. Sí, completa. Como un combo de esos que incluyen no sé cuántas libras de carne , el huevo frito de gallina de campo, la panceta doble ancho con cilantro, las palomitas y el buen provecho. Cavallo-inconsciente- se le atreve a Krugman. Y desde su tribuna ya desoída y despoblada, y prosternándose para cuidar a la patria europea amenazada, le responde que : “ Sería un suicidio para Europa y una calamidad para los países europeos que hoy sufren crisis tratar de conseguir una salida siguiendo la estrategia argentina completa”. El comentario no tiene moraleja, tiene carcajadas. Cavallo le advierte a Europa que no se suicide porque su vocación económica es el homicidio.
Él comparte el teatrillo del esperpento con los de la Mesa de Enlace y con los pobres políticos que tienen que apoyarla porque están enlazados por derecha e izquierda. Por el medio; y por los medios. Por eso sería injusto ,en la Argentina, creer que Ricardo Fort o cualquiera de las disparatadas voces que alborotan el conventillo del verano, son los más representativos. No: esos son los más inofensivos. Y no incluyo, por respeto al género, a los deslucidos esperpentos/as que en la cámara de diputados se sentían violados por los mensajitos en sus celulares que en su desverguenza mentirosa no pudieron probar.
Aquella generación literaria del 98 consideraba que solo la desmesura de crear personajes esperpénticos podía retratar a España. Aquí a los esperpentos no hay necesidad de inventarlos. La oposición los produce y derrama en serie. El oficialismo, alguno que otro tiene. Pero hasta ellos, en comparación, parecen bellos.



Escrito por Orlando Barone.

martes, 21 de diciembre de 2010

Solo Ficciones

Les regalo un cuento de mi último libro Sólo ficciones.


Barroco violín

Quedan en el patio: una parte de la luna que se escurrió (vaya a saberse cómo) por entre las laderas de los edificios, un violín (extraño y presuntuoso instrumento italiano, cincelado barroco, madera vieja de castaño instigadora de elocuentes sonidos), quedan, decíamos, el arco de ese violín con algunas raspaduras y unas hebras de pelo entrelazadas, un pañuelo deshilachado color fucsia intemporal (de haber sido arrasado por el uso en el hombro del ejecutante donde se apoyaba el violín) y quedan dos o tres cuadernillos amarillosamente ásperos (piezas musicales inciertas y borrosas y procedencias aún más inexplicables) y una definitiva sensación de tristeza en ese patio de la casa donde el violín se ha callado y el violinista ha muerto.
Es notable, ahora, esa prolija procesión de los ojos (morosamente húmedos, fatalmente nostálgicos) contemplando ese paisaje inapelable, esos ciertos vestigios que revelan objetos (el violín, el arco, el pañuelo de seda) y muestran, que ese inanimado y quejumbroso inventario es el despojo de un rito (cuando el violinista, sentado en un banquito de madera podrida, ejecutaba ese presuntuoso instrumento italiano) y esos ojos y oídos (esos mismos que vanamente insisten en deambular por el patio), ayer apenas, supieron del sonido que un hombre les enviaba con sólo tocar los hilos tensos sobre una vieja madera de castaño.
A ninguno de esos testigos (fanáticos sobrevivientes del irrecuperable sonido), a nadie de los que otean y espían el movimiento de las sombras en esa casa de inquilinato, se le ocurre preguntarse por qué esa noche (noche de luna, luna de aullidos, llena como el seno de una mujer preñada) no quisieron escuchar el violín y lo dejaron morir como si fuera un sueño.
Es fácil recordar, con algunos errores(agigantados en fábula por el deseo de que el pasado no se parezca al mañana), es fácil recordar a la lluvia de encaje de esa noche de junio, el frío de escarcha, la serena fatuidad de un charco simulando un espejo y de pronto un sonido (el súbito temblor de un arpegio) que avanza como un gato sobre una alfombra de vidrios encendidos, un violín que suena como suena el violín (no, un violín) y que nadie confunde con ningún otro ruido; que tiembla junto a la sombra de los gatos y entra en las piezas de madera con su mano enguantada; un sonido (indescriptible como el sueño o el momento de goce de dos cuerpos creándose) que va envolviendo el aire, a los habitantes de esa casa, a cada cosa de esa casa, a cada oído, al vericueto el alma adonde conduce ese oído.
Alguien pudo pensar todavía (inútil manera de explicarse el asombro) que ese hombre flaco y sin nombre, ni identidad precisa ni aparente motivo, llegó allí despreciando su rumbo para tocar el violín y recibir en pago algún bocado para el hambre o un lugar sin escarcha donde tirarse y no morir.
Sin embargo, los cincuenta y tanto testigos de esa noche y de otras nunca lo vieron masticar un mendrugo, nunca desear nada de esas humeantes ollas que las vecinas le alcanzaban en la punta de un palo; pero estaba el sudor que le caía a torrentes y era lo único que paladeaba y lamía como si fuese su alimento él mismo, y esa música dispersándose por el patio, atravesando las puertas sin herir la madera, sin violar los cerrojos, invitándose. Es posible saber (basta creerles no a los que cuentan, sino a los que callan y muestran los ojos) que en una misma noche, en un solo instante (por ejemplo, cuando la luna caía levemente a ese patio como si lo evocara o como si lo crease), en ese instante, a cada oído el violín le tocó lo que le pedía.
Las cuerdas tiritaron, cimbraron, devastaron, sacudieron, inundaron, encogieron, engarzaron el aire; y lo movieron, tallaron, cincelaron de andantes, pizzicatos, cadencias.
¿Qué pedían esos viejos oídos, acorazados y destemplados de tantas bataholas y barullos domésticos?
Acaso (nadie se atreve a confesarlo) hayan pedido un mínimo acorde de una canción lejana (de lento extravío en el corazón y la memoria), melodías escuchadas no por ellos, sino por remotos antepasados de coraza y de yelmo, o tenues vibraciones de un cuerpo que se recuerda anudándose en sábanas, o un blue de origen negro (distorsionado por el incesto y el destierro, vilipendiado en la memoria ya no tan negra, piadosamente morena), o acaso hayan pedido el temblor de la brisa en un techo de una casa que contuvo la infancia y un allegro vivace y un andante y un grito; o una cadencia triste de gaviota planeando sobre un peñasco de Sicilia o el rumor de las hojas en un parque hace mucho (un otoño en que los sentimientos se dilapidan de puro exagerados, pura leyenda de clima), ese violín sonando para todos en la sombra del patio. Esa noche, tal vez (la del definitivo silencio; la hosquedad de ese silencio humano de no tener para decirse nada ni escucharse nada), esa noche, tal vez, los habitantes de esa casa esperaron, como siempre, que el hombre flaco saliera del rincón donde dormía sin taparse, se sentara en el banquito de madera podrida, eligiera al azar una de aquellas piezas amarillosamente ásperas que ni siquiera leía, moviera el arco del violín como una vara mágica, dejara flotar sobre su hombro el pañuelo de seda color fucsia intemporal, y en un lento, armonioso balanceo de mano sobre sexo, su mano(dedos sin carne, transparentes, casi no dedos) hiciera aparecer el violín de adentro de su cuerpo, donde lo guardaba, y comenzase a oficiarlo.
Entregada, sumisa, descalza desde los ojos, la mujer de orfebre (que conocía las manos de su marido sobre los dijes de plata, pero no las sentía nunca sobre su cuerpo de mujer maleable), empujada por esos primeros tonos, esos acordes vírgenes (que esculpieron el aire, desnudaron su oído, copularon su alma), salió de su pieza como si entrara a una cama, fue bajando los peldaños, fue a la sombra. Aquel tríptico (banquito, violín, hombre), al que la luna llena hasta el hartazgo, infundía ligera veracidad humana, seguía sonando como nunca: allegros y staccatos y murmullos de cuerpos y el leve chasquido de una lengua en la boca o el sexo; cadencias de juncos en el agua, de conchillas partidas, y la mujer del orfebre deslizándose por el patio rumbo al violín, al corazón del violín.
¿Por qué esa vez la música no inundó la casa? ¿Por qué no, sonidos que caracolearan oídos, que revolotearan laberintos de huesos, que desfondaran? ¿Por qué esa mujer (desnuda como una puta, como ramera, como portuaria) escuchó ella sola el sonido?
Los hombres de las piezas hicieron cosas de hombres: ataron a su mujeres, escondieron caderas, taparon, vistieron, arroparon los senos, los sexos, los poros; y los postigos iniciaron un ruidoso bloqueo (un cerrarse de cosas, de ventanas, de seres); la luna se encogió en el cielo y dejó en los charcos apenas un reguero de luna, y los oídos abroquelados y sordos, arrebujados de miedo, esa noche negaron.
Acariciada y llenándose (¿qué melodía entibiaba los senos de esa mujer como nunca las manos de nadie?), ajena al pasado a la pieza, al límite de madera y de hombre, lejana ya del frío que escarchaba las plantas, sin escuchar los gritos que le pedían que volviese, se fue metiendo ella en el sonido, fue tragada, fue violín.
Que hubo lucha en el patio (combate desigual entre el amor y el odio: sombra contra orfebre), que hubo un puñal clavado en el corazón de sombra, que sangre brotaba (¡oh, no!, agua a torrentes, como si hubiera agujereado un río), que cara ya con muerte era cara borrada (cara de haberse ido), que violín se movía como si agonizara (un eco de caracol marino, presuntuoso instrumento italiano), que hebras de pelo húmedo arañaron y anudaron el arco, que perfume de mujer de orfebre dejó su rastro lila en hueco de caja de violín; todo eso es fábula.
En la casa queda eso que queda: un deambular de oídos, ojos y sombras. Un violín que no suena, esa confusa historia de una mujer que abandonó a un orfebre por culpa de un violinista flaco y un asesino que todos vieron y nadie busca.
Quedan también mujeres que se desnudan mirando el patio y hombres que cierran puertas.



Orlando Barone, "Sólo ficciones", Sudamericana.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Soliloquio

Seamos simples: soy periodista y escritor. No soy economista, antropólogo ni herrero. Políticamente soy lo que soy y no soy lo que no soy. Estoy entrando en la senectud; me acaban de negar un crédito personal por sobrepasar la edad del beneficio. La vida me ha protegido y me llevado hasta acá y no me he resistido: señal de que me gusta. Siento un sagrado respeto por la militancia y el heroísmo porque carezco de esos méritos. Los pormenores de mi carrera, de mi historia y de mi vida andan por ahí. Hay verdades y mentiras. Cunden. Y nada se puede hacer para que solo cundan las primeras. Habrá quienes crean que las mentiras son verdades y las verdades mentiras. Y quienes no crean ni una ni otra cosa. Somos cotorras humanas dándole y dándole a la lengua- y al twitter, al mensajito, al blog, al móvil, a lo que sea- sin más razón que nuestros deseos. Los malos y los buenos.

Hagan un balance de todo cuanto se escribe y cuanto se lee, o se habla y se escucha, y verán cuáles de esos dos tipos de deseos son más frecuentes. ¿Los buenos? o ¿Los malos? No me hagan decir lo que no quiero.




Orlando.