jueves, 30 de julio de 2009

Palabrería actual

“Gordos”: se les llamará así eternamente a los sindicalistas de la CGT. Aunque sean flacos. Y pobres.
“Rehenes”: pasajeros urbanos varados por cualquier paro. Los secuestradores- según ese criterio- vendrían a ser los huelguistas.
“Piqueteros”: son los manifestantes pobres, feos, sucios y malos que cortan una calle.
“Villeros”: son los sospechosos de siempre.
“vecinos”: son los residentes de barrios honrados.
“Conurbano”: forma peyorativa de nombrar una zona geográfica.
“Clientelismo”: toda forma o acción de un gobierno popular en su afán de distribuir riqueza entre los excluídos.
“Pobreza”: Nuevo descubrimiento de las derechas. Queja hipócrita de los mismos que la causan. Preocupación de medios de comunicación que se lamentan de la pobreza, mientras adhieren a quitar las retenciones al campo, subir las tarifas y reducir el Estado.
“La gente tiene bronca”: sicologismo que presume diagnosticar el estado de ánimo de cualquier reclamo social donde se le prenda fuego a un neumático usado.
“Polémico”: adjetivo comodín que sirve para todo. Hasta para lo que no es polémico.
“Justiciero”: asesino justificado y hasta aclamado por los pacifistas.
“Mano dura”: mano ideal mientras no se vuelva contra uno.
“Familiares de la víctima”: seres dolidos sinceramente, a los cuales la televisión arrastra a la actuación hasta que acaban dolidos artificialmente.
“Gobierno” máquina elegida por la mayoría pero horadada sistemáticamente por las minorías.
“Oposición”: máquina de decir “no” patológica. Gozosamente.
“ Apolítico”: el que profesa entusiastamente la derecha sin darse cuenta.
“Pequeño productor”: sojero narcisísticamente agrandado que fantasea con llegar a ser un pool.
“Chacareros”: auténticos ex trabajadores de la tierra extraviados ya definitivamente entre las rentas y las cacerolas de teflon.
“Cartonero”: el que ensucia antiestéticamente el espacio público.
“Movilero”: adicto compulsivo de la noticia al voleo.
“Perfil bajo”: el que pudiendo salir en la foto se esconde, pero igual quiere que se diga que tiene perfil bajo.
“Motoquero”: motociclista proletario odiado por los automovilistas.
“Periodismo independiente o puro”: fábula. Leyenda increíblemente dada por cierta.


Carta abierta leída el 30 de Julio de 2009 en Radio del Plata.

miércoles, 29 de julio de 2009

Composición: el campo

Cuando era chico me gustaba el campo. Me gustaba. Qué paisaje sereno me parecía el campo. Qué bellos atardeceres; el ombú, el cardo, el maizal, el caballo blanco, las vacas lecheras, los perros echados a la sombra, el croar de las ranas en la charca, el carancho, el mirlo, la calandria; el aletear de los patos del arroyo, el humo del fogón encendido, el techo de paja del rancho del puestero, la galería colonial del casco de la estancia, la ronda del mate, el paisano recio cerrando la tranquera; el quejido de los goznes oxidados. Qué lindo que era el campo. Cuando era chico me gustaba. También me gustaban las imágenes del almanaque de Alpargatas con gauchos narigones, rubicundos, y paisanitas frescas y trenzadas, pintadas por Molina Campos. Y me gustaba ver zapatear el malambo; y oír una payada en la sobremesa de un asado. Y la guitarra criolla acompasada. Cómo me gustaba el campo. Sentía el olor de la humedad de la mañana, y el del pasto fresco y hasta el olor de la bosta me gustaba porque completaba mi sentir del campo. Cómo me gustaba. Pero era chico. Solamente comprendía la engañosa y encantadora idea del paisaje de superficie. Me influían lecturas infantiles que entronizaban sus leyendas ancestrales. Me ganaba un estereotipo irreal y romántico. Era crédulo, inocente, sentía que el campo era más bueno que todo. Más bueno que los palacios, porque ignoraba que ambos extremos se juntaban en la cuenta del banco. Cómo me gustaba el campo. Pero un chico puede equivocarse. También un grande. Hoy costaría mucho escribir poesía sobre el campo. Se hizo prosaico. No rima: “ripia”. No canta: brama. Da órdenes. Las nobles caras rústicas y aindiadas de Martín Fierro y Atahualpa Yupanqui fueron forzadas a sufrir crueles mutaciones genéticas. Ahí están las de los de la Mesa de Enlace. Se las ve alineadas en fila, acuarteladas. La codicia transgénica finalmente acaba produciendo las caras que se merecen. Ante la fotografía de los heraldos de la soja, en La Rural, con los brazos en alto, celebrando una gesta de intereses y ganancias, y cantando el himno nacional que milagrosamente sale indemne de cualquier boca por bocaza que sea, me cambiaron el gusto. ¿Pero esas caras son el campo? ¿O son las caras de la luz mala? ¿Las caras apropiadoras, privadas? Lo cierto es que ya no siento nostalgia del campo que tanto me gustaba. El gusto me lo robó esta época.

Carta abierta leída el 29 de Julio de 2009 en Radio del Plata.

martes, 28 de julio de 2009

Los dinosaurios están vivos


En “Jurassic Park”, Spielberg los resucita en la computadora. Y logra que reaparezcan como un terror oculto en la modernidad. Está ese famoso y breve cuento de Monterroso en que cuando el tipo se despierta, “el dinosaurio todavía estaba allí”. Y está Susana Giménez preguntándose en el siglo veintiuno si aún hay dinosaurios vivos. Y los hay. Es cierto que simulan estar muertos. Florentino Ameghino se cansó de desenterrar huesos prehistóricos en las pampas. Huesos, pero pelados, yertos. No es el caso del Gobierno. Confiado en que los dinosaurios habían entrado en el pasado se le ocurrió ir a despertarlos. Tremendo error el de no asegurarse previamente que los dinosaurios podían tener un despertar furioso de tanto haber estado amontonando pesadillas. La Mesa de Enlace es hoy la forma expuesta, rediviva, de ese dominio sicológico del dinosaurio pampeano desplegándose sobre una anacrónica aquiescencia argentina.
¿Adónde quiero llegar con todo esto? Sean pacientes. El próximo viernes el Gobierno elegido debería dialogar con la Mesa de enlace. La que aspira al “desenlace” a favor de sus intereses. Y al parecer también los de la patria presuntamente escriturada a nombre de ellos. Sus protagonistas han venido luchando para eso y han logrado consagrar la creencia. Y hasta consiguieron que la antigua oligarquía confraternizara con sus aliados los pequeños productores. Y ya sean de tamaño latifundio o de tamaño “mini” están tan juntos que forman una sola granja, chacra y estancia. Ver a los “mini” alegremente consustanciados con los grandes causa dolor de clase y vergüenza política. Todos ellos unidos determinaron en llamarse Campo. Y nadie los acusó por apropiación indebida del territorio y del mito. “Somos el Campo”. Nosotros, se decretaron. Los que estamos de este lado: el más vasto. El más rico. El más laborioso y fecundo. Y los grandes Medios, como si fuesen su correa de transmisión rentada auspiciosamente, lo propagaron. El Campo o la vida, el campo o la ruina, y el Campo o el campo, retahila chantajista que nos resigna. Y como uno de esos dinosaurios de Hollywood cada vez más grandes y de sobrealimentación omnívora, salen cíclicamente del pasado donde entraron pero desde donde vuelven espectrales todavía más vivos. Hasta los Martínez de Hoz han vuelto reivindicados por un cachorro de dinosaurio de alta fidelidad genética. Por eso si el Campo consiguiese todo, no sería raro que apenas al salir del diálogo empiece a reclamar que todavía le falta. Por favor Gobierno. Oposición campestre. Sociedad gaucha. Idealismo sojero. Inocentes votantes de Aniceto el gallo y del ombú y el hornero, de las idílicas lecturas de la escuela. ¡Por favor! Terminemos esta historia con el Campo. Dénle la razón y la sinrazón, y la renta a perpetuidad y a tenedor libre. Pero aún así no tengan esperanza.
El dinosaurio de campo es insaciable: no hay torrente de soja que lo sacie.

Carta abierta leída el 28 de Julio de 2009 en Radio del Plata.