Carta abierta leída por Orlando Barone el día 28 de Agosto de 2009 en Radio del Plata.
viernes, 28 de agosto de 2009
No toquen nada
Por qué no esperan a que lleguemos nosotros. Por qué se apuran a madrugarnos sin esperar a que nos despertemos del sueño. No toquen nada totalitarios. No sean malos. No nos amarguen la embriaguez de los votos de hace dos meses. Todavía estamos festejando. Cálmense. No imiten a Chávez ni a Fidel Castro ni a esos dictadores que clausuran la libertad de prensa. Jueguen el partido que nosotros queremos. No cambien de táctica a cada rato. ¡Esperen! Para qué tanto apuro en una nueva Ley de radiodifusión. Respeten a los grandes medios. Que hasta ahora se portaron muy bien con nosotros los opositores. Y con el Campo. Y hasta hace poco el fútbol por televisión era un modelo de transmisión democrática paga. No clausuren nuestra libertad de mentir, de injuriar, de manipular, de confrontar y de negar. Si los opositores no negamos no somos. Dejen esa maldita Ley para el futuro. Para cuando decidamos qué hacer y qué no hacer, y sobre todo no hacer. Si hasta hoy se vivió lo más bien en esta condición. Y déjense de repartir más la libertad de prensa entre minoristas y chiringuitos que no podràn nunca compararse a estos grupos multifacéticos y poderosos. Ya mismo los de la oposición estamos reclamándole al mundo que lo que están haciendo es un ultraje democrático a la patria. El mundo tiene que enterarse y darse cuenta del peligro que acecha a la Argentina con este Gobierno. Ya mismo le avisamos a la CNN y a Andrés Oppenheimer. Y no nos tenemos que olvidar de los dos Vargas Llosa y de Pilar Rahola, para que salgan a decir que en la Argentina nos amenazan. Que la Ley de radiofonía es montonera y comunista como diría Cappusotto. Este Gobierno siempre nos engaña. Cuando parece que se cae se levanta , y con más ganas. Le mojamos la oreja y nos escupe en las dos. Así no vale. Nuestra oposición sistemática no se merece que el Gobierno reaccione como si no hubiera sido erosionado tan largamente. ¿Y todo el esfuerzo desplegado desde las tapas de los grandes diarios y de los grandes noticieros, y desde la catedral y desde los silos y desde el caceroleo, fue al cohete? Desde que asumió esta presidenta estamos trabajando a destajo para completar el proceso de desguace. No somos destituyentes: queremos que el gobierno termine su mandato. Bueno: no queremos pero lo decimos para no descubrirnos. Pero queremos que termine agonizante, y con respiración asistida con máscara. No es justo que últimamente no pase un día sin que nos provoque con algo nuevo. Hasta parece reanimado. Este gobierno se droga por eso despenaliza el consumo privado. Para qué sigue haciendo cosas si ninguna nos va a gustar. Se las vamos a rechazar todas. Vamos a repetir “no” tantas veces, que al final terminaremos solo moviendo de un lado a otro la cabeza. No toquen nada, totalitarios. Dejen nuestros medios en paz. Y vuélvanse a la derrota de donde nunca deberían haber salido.
Carta abierta leída por Orlando Barone el día 28 de Agosto de 2009 en Radio del Plata.
Carta abierta leída por Orlando Barone el día 28 de Agosto de 2009 en Radio del Plata.
jueves, 27 de agosto de 2009
La política es más divisible que el átomo
Carta abierta leída por Orlando Barone el 27 de Agosto de 2009 en Radio del Plata.
MACDONALD'S de Manuel Vilas
Estoy en el MacDonald's de la Plaza de España de Zaragoza,
haciendo la cola gigantesca,
con los ojos clavados en los carteles de los precios,
el dinero justo en la mano derecha,
billetes arrugados.
Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.
Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano
una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:
Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece,
mi hermano ciego.
El niño está solo, no bebe,
no le llega para la Cocacola, sólo patatas.
Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,
esa soledad idéntica a la mía,
¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,
y está sentado, quieto,
en su trono, la negritud y el niño,
en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.
MacDonald's siempre está lleno.
Es el mejor restaurante de Zaragoza,
una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,
de pajitas, de bandejas.
Es el mejor restaurante del mundo. Es un restaurante comunista.
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,
al lado de un cartel que dice "I'm lovin' it". Tengo una bota encima de un charco
de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota.
Una nata blanca, despedazada.
Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.
A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete
que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.
Y ríen y tragan patatas fritas.
Y yo trago patatas fritas.
Y dos maricas enfrente comiéndose la misma hamburguesa goteante,
cada boca en un extremo, y se manchan y se muerden.
Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan. Y se despedazan.
En Londres, en París, en Buenos Aires,
en Moscú, en Tokio,
en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,
en Pekín, en Gijón,
somos millones, la tarde harapienta,
el dolor en el cerebro, la comida,
millones en miles de subterráneos esparcidos
por la gran tierra de los hombres.
Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida, baratas las patatas.
Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,
el gran hereje, el loco supremo,
el hijo de la última mano miserable que tocó
el monstruoso corazón del cielo.
Si Lenin volviera, MacDonald's sería el sitio,
el palacio sin luna,
el gueto de las reuniones clandestinas.
Algo importante está sucediendo
en este subterráneo del MacDonald's
de la Plaza de España de Zaragoza, pero no sé qué es. No lo sé.
De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:
el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.
Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.
En MacDonald's, allí, allí estamos.
Carne abundante por tres euros.
Poema de Manuel Vilas en Resurrección (Visor, Madrid.2005)
haciendo la cola gigantesca,
con los ojos clavados en los carteles de los precios,
el dinero justo en la mano derecha,
billetes arrugados.
Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.
Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano
una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:
Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece,
mi hermano ciego.
El niño está solo, no bebe,
no le llega para la Cocacola, sólo patatas.
Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,
esa soledad idéntica a la mía,
¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,
y está sentado, quieto,
en su trono, la negritud y el niño,
en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.
MacDonald's siempre está lleno.
Es el mejor restaurante de Zaragoza,
una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,
de pajitas, de bandejas.
Es el mejor restaurante del mundo. Es un restaurante comunista.
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,
al lado de un cartel que dice "I'm lovin' it". Tengo una bota encima de un charco
de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota.
Una nata blanca, despedazada.
Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.
A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete
que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.
Y ríen y tragan patatas fritas.
Y yo trago patatas fritas.
Y dos maricas enfrente comiéndose la misma hamburguesa goteante,
cada boca en un extremo, y se manchan y se muerden.
Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan. Y se despedazan.
En Londres, en París, en Buenos Aires,
en Moscú, en Tokio,
en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,
en Pekín, en Gijón,
somos millones, la tarde harapienta,
el dolor en el cerebro, la comida,
millones en miles de subterráneos esparcidos
por la gran tierra de los hombres.
Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida, baratas las patatas.
Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,
el gran hereje, el loco supremo,
el hijo de la última mano miserable que tocó
el monstruoso corazón del cielo.
Si Lenin volviera, MacDonald's sería el sitio,
el palacio sin luna,
el gueto de las reuniones clandestinas.
Algo importante está sucediendo
en este subterráneo del MacDonald's
de la Plaza de España de Zaragoza, pero no sé qué es. No lo sé.
De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:
el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.
Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.
En MacDonald's, allí, allí estamos.
Carne abundante por tres euros.
Poema de Manuel Vilas en Resurrección (Visor, Madrid.2005)
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