sábado, 30 de abril de 2011

Sabato


Se murió. Sí, se murió mi generoso maestro de juventud. Maestro de tantos.
Nada solemne para decir: así es la vida. Y la de él fue larga, peleona y profunda.
Chau Ernesto. Escribí tu apellido sin acento, como enseñaste.
Pero me siento dolido con acento.
A tus casi cien años la muerte no sorprende pero se llora.


Orlando Barone, 30 de Abril de 2011.

viernes, 29 de abril de 2011

LA LETRA, SÍ, LA LETRA *

La K |La “P” |El abecedario| Y el kirchnerismo



La letra “K” para nuestra lengua es rígida, dura. En la Argentina, casi desempleada, pasó de ser una incógnita a una certeza. Letra minoritaria, de poca frecuencia en el lenguaje, y escasa presencia en el diccionario. De entre más de cien mil vocablos que este contiene apenas si se destacan kilo, karate, karma, káiser, kremlin y kitsch. En lunfardo también hay pocas: keco (quilombo) y kinoto (testículo). También kaften por cafisho. Hoy la “K” ya es una letra literal y definitivamente política. Néstor Kirchner es su referencia nominal. A partir de él son “K” los militantes originales y los asociados. Y son “K” los índices de precios del IndeK y el kafkiano laberinto de situaciones a las que los opositores le imponen la K como si imponiéndoles la letra quisieran demonizarlas. La revista Noticias ha abusado de tapas letradas con la K. También alienta a escribir alusivamente a la letra a los letrados pensadores anti K que proliferan en los medios afines. Algunos tratan de hacer equilibrio sobre la letra para no lucir tan antagónicos y no ser tan desleales a su pasado.
Pero el antikirchnerismo-versión fraguada y seudoculturizada del gorilismo- se entrampa en la letra como se entrampan los propios cazadores incompetentes en la trampa que tienden. Caen en ella por distraerse en la mira del rifle en lugar de cuidar dónde pisan sus botas.
Obnubilados por execrarla, negarla, agraviarla se topan con sus líneas rectas y rigurosas como ante un diseño cuya intensidad política se potencia cuanto más se pretende taparla con el alquitrán de la rabia. La K ya no es una letra más incluida entre la J y la L Al menos no en este tramo de la historia argentina. Porque ya es un signo de identificación que por su propia inercia identitaria acaba, por paradoja, identificando a quienes la rechazan. Hasta intelectuales de alto prestigio anterior al de este tiempo, como Beatriz Sarlo, ya no pueden pensar sin basar sus pensamientos en la letra. El antikirchnerismo es al kirchnerismo como lo son en la fauna los grandes animales de la selva a los insectos o pajarillos que al picotearlos los ayudan a quitarse las pulgas y a sentirse más felices. Un clima de época “K” cunde sobre el abecedario. Su sucesora Cristina Fernández es también K por vocación y además por transferencia vinculante, y promete prolongar su vigencia fonética y hasta ampliar sus resonancias.
En la Argentina la “K” era una letra exótica. Se la conoció, según las épocas, por Kung Fu, por Kissinger, por el Kamasutra. También fue famosa por “King Kong” un gorila fantástico más tierno y erótico, y menos reaccionario que tantos gorilas autóctonos que todavía sobreviven, incluso renovados con pelos tersos y muy hipócritamente republicanos. Hasta hay algunos, como el intelectual Kovadloff, que usufructúan la K como una versión distractiva de la letra en sentido contrario. La letra lo persigue como una pesadilla desde su propio apellido y ante su desconsuelo, por más que se afane escribiendo en su contra, la letra sigue su destino favorable. Son también palabras con “K” kamikase, una extramaunción bélica individual reactualizada por hombres bomba; por Kenia un país africano infaltable en el “National Geographic”; y por el huracán “Katrina”, de Nueva Orléans, que dejó al descubierto la pobreza negra en un país rico. En Buenos Aires de entre más de dos mil nombres de calles solo hay un puñado cuyos nombres empiezan con “K”: Kennedy, Krause, Korn y King. Y el pasaje Kavanagh, lindero al edificio donde vive alguna gente notoria y no necesariamente notable ni noble. La economía tiene un referente famoso: Keynes. Economista de mitad del siglo pasado que hoy vuelve a ser citado por gobiernos populares. O “populistas”, éste un desdeñoso calificativo usado para categorizar prejuiciosamente a gobiernos con muchos votos pero no con los de gente con coeficiente blanco que presume votar “kalificadamente”. Keynes es usado también por rescatistas históricos que creen en una economía “keynesiana” y no kaníbal como la que atrae a los alborozados “golden boys” que se están viniendo viejos siendo aún jóvenes. En la naturaleza de un “golden boy” está odiar absolutamente la inversión pública aunque sea usada para comprar leche para bebés en estado de hambre. La leche es un gasto, dicen. Y el bebé todavía más.
Y está la leyenda que toda letra tiene. En el alfabeto griego sus dos letras extremas son Alfa y Omega. Se le atribuye a Dios haber dicho: “Yo soy la Alfa y la Omega”. Es decir: el dueño de la clave del Universo. En el Egipto antiguo a la Ka se la conoce como una de las nociones de los faraones más difíciles de concebir para un espíritu occidental. Léase, para un espíritu limitado y cerrado. El misterio de la letra los convierte en iletrados aún siendo doctos.
Lo cierto es que la “K”, entre nosotros, ha pasado a ser una letra famosa. Del frío distante y patagónico pasó al estado de sensación térmica calórica. Y aunque el año 2009 a la “K” le resultó frío, y su mayor punto de congelamiento fue en octubre, en la primavera; al año siguiente, en el invierno del Bicentenario alcanzó calores multitudinarios. No obstante hay gente algo trémula, a la que todo le gusta tibio para no quemarse la lengua delicada. Pero hay otra a la que le gusta caliente y además picante y entonces esta letra le cae más gourmet que cualquier otra. La K exige paladares entrenados en el puta parió y el chili. En el aguante. La reivindicación de los Derechos Humanos desandando la ambigüedad de la Obediencia Debida y descolgando el cuadro que resumía el Mal en el propio recinto de los viejos adoradores, es un picante no apto para tantos democráticos aparenciales. La letra como sello de identidad otorga un rango semiológico a quien es designado con ella. Los “K” argentinos, estigmatizados por sus compatriotas negadores, no solamente recobraron la autoestima y se la fueron propagando y transfiriendo entre sí, sino que ya glotones y angurrientos de K, deberían pensar en achicar las porciones de su ingesta para evitar el empacho. Aunque para este tipo de excesos hay sanadores K que los desintoxican.
Sus detractores krepitan en sinuosidades rabiosas; solo ven que la K es una letra dura pero ignoran que lo es para proteger sus entrañas dulces. Eso los va desmoralizando, la letra se expande en la geografía y en los hechos. No para. A una golosina de tipo chupetín de Nestlé se la llamaba o llama “Sin parar”. Su sabor tiene un efecto tan adictivo que el que empieza a sentir su gusto no para y cuando acaba la golosina tiene ganas de seguir con otra. No obstante ese encanto, a la letra le restan acechanzas no por menores menos amenazantes. Son poderosas y cuentan con lingüistas mediáticos obsesos y atacados de esa patología antiK e incapaces de instalar otra letra que le compita. Les sobra el abecedario pero se quedan rumiando alrededor de esa letra sola que los aglutina en el rechazo. No conciben o no reaccionan que ese anti los ata a la letra y la agigantan. Hace más de medio siglo el pueblo consagraba un estribillo que cantaba algo así: “…Y te daré una cosa/ una cosa maravillosa/ que empieza con P: Perón”. Tuvo que pasar todo este largo tiempo para que a otra letra del abecedario- la K- el pueblo la asumiera como suya.
Pero no es por Fuerza Bruta, por más fuerza que haga, ni por creativos del diseño que se instala una letra como símbolo. No basta una sopa de letras para escoger una con la cuchara al arbitrio de la glotonería. La oposición de estos años es una sopa ilegible e iletrada. Y no es consciente de que la letra K es un fenómeno de aparición espaciada. Quienes se apuran en sustituirla baten el abecedario ignorando que por más que lo batan hay pocas chances de que hoy fluya otra letra que la supere.


Por Orlando Barone.


* Texto publicado en la revista Debate y fragmento de su próximo libro.





martes, 19 de abril de 2011

Los fans del premio Nobel toman champán

Como en su casa. Mario Vargas Llosa goza la Argentina como goza de España, Europa, Perú, Manhattan y Londres, y cualquier lugar del planeta que le es inherente a su universalidad.
Tanto puede ser un celta en El Congo como un chivo en Latinoamérica, pero nada a él le es ajeno. Desde La Boca del Riachuelo al Sheraton y a la feria del Libro; y desde un brindis con Mauricio Macri y con un alto mando de Techint o de los medios dominantes, a uno con cualquier opositor argentino notorio que le acerque su copa. Sí, como en su casa. Es que la libertad es libre. Y cada uno hace, piensa y dice lo que quiere; por más censura y totalitarismo que opriman y persigan. La Argentina es un buen lugar para jugar a ser libres ya que hay tanta libertad que hasta se puede jugar a que falta. No hay libertad como la libertad de seguir mintiendo que no la hay.
La extraordinaria y brutal idea de invitar a Vargas Llosa en el cenit de su gloria, a regodear y entretener a la parte abatida y desgraciada argentina, es un recurso extremo de supervivencia mediática.
Porque esa parte argentina crispada, insatisfecha, impotente y vil ( de vileza, acción baja e infame) requería de un socorro foráneo para, aunque sea, salir a respirar un airecillo triunfal entre turístico, cultural y retórico que sus dones propios no le aportan. Y el pueblo tampoco. Opositores que yacían apagados por apagamiento paulatino de chances, repentinamente se ponen vivarachos en su fanatismo “vargallosista”.
Durante unos días la oposición disfuncional espera la efímera hazaña de ser tenida en cuenta y de reinstalarse fugazmente en la cima de la atención y las noticias. Y ese socorro es el premio Nobel y su destreza de mensajería ideológica y multi-destinataria. Algo así como un Quijote al revés, que no embiste metafóricamente contra molinos de viento sino contra democracias populares que él denigra. El anti Quijote: que en lugar de lanza y espada porta corporaciones y mercados para embestir a lo público y al Estado.
Allá donde haga falta despabilar idiotas populistas y desenmascarar déspotas incivilizados, allá irá el quijotesco liberal que hace felices a los poderosos y a los ricos, y casi nunca a los pobres y plebeyos. Tuvo ya su prueba en Perú donde los ignorantes se negaron a votar su sabiduría. Aquí espera ser abrazado por esa parte argentina de sabios que vienen fracasando, pero que de él esperan la chispa del más allá, la del milagro.
Pero si Vargas Llosa se interesara por saber quiénes entre los que lo rodean estos días embelezados son lectores de su obra- o aunque sea de unos párrafos- y les hiciera una pregunta alusiva, se quedaría pasmado ante la ignorancia. Porque del tipo ése que soban buscando acercársele a codazos y lamidas, la mayoría de ellos no saben un corno. Sus secretarias y amanuenses se apuran en imprimirles resúmenes sucintos del autor para que puedan memorizar si les preguntan. Pero solo a un tonto se le ocurriría preguntarles algo sobre su literatura o su historia de escritor, porque apenas si llegaron a conocer las obras de Sócrates y las novelas de Borges. Como soy fundadamente prejuicioso, me arriesgo a decir que paradójicamente sus lectores no concurren a las fiestas en las que el Nobel anima y adoctrina, sino que están en otros espacios a los que él desestima.
La visita de Vargas Llosa está dirigida a esa parte de la Argentina insatisfecha. Esa parte que insiste en automutilarse por una mala genética política. De todo esto quedará la estela de una estrella y el eco de muchos brindis en la parte destinataria. La libertad y el champán forman un buen maridaje.
Y un dato histórico o anecdótico ( no sé). Y es que si la Feria del Libro se destacó siempre por su amplia convocatoria cultural, a partir de ahora quedará por su estratégico “vargallosismo” y su oportuna e “integradora” invitación democrática.



Orlando Barone, 20 de Abril de 2011.